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Carta a Justiniano.
Yo no te lloro, tío, no, yo te sonrío.
Yo no me acuerdo de la fecha en que te fuiste. Siempre la olvido.
Porque recuerdo que te gustaba reír, te encantaba hacer reír.
Reír sin fin.
En este preciso instante yo te estoy viendo reír
para dar vuelta a las cosas cuando se ponían serias,
o quitar hierro a problemas de esos que tanto nos pesan,
disfrutando cada instante de la vida con el regalo tan grande que es
la risa.
Al enseñarnos las fotos de tus viajes,
en todas había algo que hacía aflorar tu ingenio, y nos hacías reír.
Te encontrabas a alguien raro por la calle,
y más tarde le imitabas con ternura, como nadie!
Recordabas algún chiste, compartías una anécdota…
recuerdo la del abuelo, que a la abuela vacilaba con bromas
sobre sí mismo y su flacura
y así os hacía reír. Y así me hacías reír.
Pero si algo era tan triste que la risa no cabía entonces tocaba huir,
y huías a la belleza con tus cuadros, tus dibujos, tus cuadernos
y tus viajes que a mis ojos parecían epopeyas!
Belleza a la que ahora viajan visitantes de tu blog,
que no es mío, solo se la contraseña.
Y llegó un día de Mayo con una broma pesada,
el día en que te marchaste y nos hiciste llorar,
nos pusimos a llorar, allí tocaba llorar.
Y al despedirnos de ti supimos que se extinguía un planeta,
como si uno de tus cuadros se quedara emborronado con lágrimas
de tristeza.
Han pasado muchos años y el mundo es muy parecido:
el agua sigue mojando, todos buscamos amor
y sigue faltando gente que sepa hacernos reír.
Y sigues faltando tú, sigue faltando tu risa.
Pero no te lloro, no, yo te sonrío, es mi más querida herencia.