Con permiso de Justi, la abuela Puri y yo le vamos a robar un hueco en el blog.
Vais a pensar que soy idiota y seguramente no os falte razón. En la mesa de la cocina de mi infancia se produjo el momento más feliz de mi vida. Y mira que he tenido hijos, algún que otro éxito, un amor, un único y principal amor, y la vida me ha dado más premios que castigos. Pero el lugar donde se produjo el momento más feliz de mi vida está en esa cocina, en la mesa de una cocina pequeña que aún conserva el aspecto de entonces. Tendría yo 12 o 13 años, ahora tengo 47, es decir, que han pasado unas tres décadas y media, y cada vez que paso por esa cocina vuelvo a sentir aquel momento como el más feliz de mi vida. Y cuanto más lo pienso más me parece que lo es. Sería la hora de la cena y estábamos mi hermana, mi abuela y yo. Mis padres habrían salido por cualquier cosa y a mi abuela le tocaba prepararnos la cena. Habría algo ya listo, pero también faltaba algo porque del mueble saqué una lata de atún subiéndome a una silla y se la di a mi abuela para que la abriera. Cogí también el abrelatas y se lo di, pero le faltaron fuerzas o quizás la artrosis le impedía hacer el movimiento, no lo recuerdo. El caso es que me explicó cómo se hacía. Y el primer agujero en la lata, el más difícil, lo abrí yo, y también los sucesivos, yo solo, con la ayuda de mi abuela, ¡abrí aquella lata! Y aquel fue, sigue siendo e intuyo que seguirá siendo siempre el momento más feliz de mi vida.

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